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sábado, 9 de agosto de 2008

Milagros y Testimonios de Fe y esperanza

Milagros y Testimonios de Fe
El P. Rubén Vargas Ugarte S.J., a quien aquí seguimos, señala que muchos milagros ha concedido y de ellos damos cuenta. Se han sucedido en diversas épocas y de ello dan testimonio tanto los múltiples exvotos que literalmente cubrían las paredes del camarín, en donde se exhibe la imagen y a los cuales ha habido que dar piadosa aplicación por no hallar cabida en los muros, como las mandas, capellanías, y donaciones hechas a la Iglesia o al Monasterio, en acción de gracias por las mercedes recibidas. Todo esto, repetimos, podía haber sido materia de una información jurídica, pero en aquellos siglos de fe no se consideraba necesario, tratándose de una imagen de tanta celebridad y cuyo excelso poder no podía ponerse en tela de juicio. Modernamente hechos de la misma naturaleza se han producido y unos han dado lugar a indagación más o menos precisa, otros sólo ha venido a noticia de muy limitado número de personas. De los primeros vamos a dar cuenta en esta Historia.

En el año 1920, los periódicos de la ciudad y los habitantes de lima se hicieron eco de la repentina curación de una pobre tullida. Rosa Angélica Castro, joven de modesta familia, había sufrido dos operaciones y por causas desconocidas por los médicos había quedado inmovilizada en ambas piernas a la vez que experimentaba agudos dolores. Llegó el Mes de Octubre y con él la Procesión del Señor de los Milagros: el segundo día las andas ingresan al Templo de la Encarnación después de visitar el Monasterio de Santa Rosa. La madre de la joven deciden esperan la sagrada imagen en la primera de estas Iglesias. Al entrar la venerada imagen, madre e hija suplicaron pidiendo, como el ciego de Jericó, la salud que tanto deseaban. Al salir las andas del templo nada extraordinario se pudo apreciar.

Pero la gracia de la curación estaba concedida. Apenas la multitud había abandonado el templo, cuando la enferma siente en sí una conmoción que la mueve a dejar la silla en el que tanto tiempo vivía recostada, y en efecto, se levanta y camina y presa de un gozo indescriptible sigue en pos del Señor, ensalzando su misericordia.

Otros datos que parecen haber sido tomado del diario limeño La Tradición refiere lo siguiente: La Srta. Rosa Oquendo, con domicilio en la Calle de Zamudio N° 140, llevaba un año y dos meses padeciendo de parálisis de los miembros inferiores, y pese a haber consultado a médicos, todo había sido inútil. El día de la procesión fue conducida a la plazuela de Mercedarias y al pasar la imagen delante del lugar donde se encontraba, ella se levantó del sillón donde estaba reclinada y siguió las andas sin la menor molestia, causando sorpresa en todos los que la conocían.

Otro caso muy parecido le ocurrió a la Srta. Corina Ferreyra quien llevaba varios años impedida físicamente. El Señor pasó por su casa en la calle de Matavilela, el 18 de octubre de 1913 y repentinamente quedó curada.

Había una mujer que le llamaban La Resucitada, si bien es cierto que no se trataba de una verdadera resurrección, ella estuvo a punto de ser enterrada viva, a no ser por la protección del Señor de los Milagros. Sucede que a ella le había acometido una fuerte catalepsia que había dado a sus miembros la rigidez cadavérica y la impedía de dar señal exterior alguna. Todo estaba dispuesto para su entierro. Según ella refirió después, se dio cuenta de su estado y advirtiendo del peligro que corría, empezó a encomendarse a Dios. En eso llega a sus oídos el rumor de la procesión que pasa delante de su casa y entonces ella con gran fervor pide al Santo Cristo la libre del peligro en que se halla y alcanza a dar signos visibles de que aún esta con vida.

En 1935 hallamos otros dos casos. Uno es el de la Sra. Elvira R. De Dávila, curada de un tumor canceroso en el útero. Tanto el médico que la atendió como los que la examinaron en el Hospital Arzobispo Loayza, entre ellos el Dr. Constantino Carvallo, juzgaron que el mal no tenía remedio. La enferma sacando fuerzas de flaqueza, pidió que le permitiesen abandonar el Hospital y acudió a la novena del Señor en su templo. El divino crucificado escuchó y sin operación el tumor desapareció y se sintió sana. María Drinot Fuchs, con residencia en Magdalena del Mar, adolecía de un bulto en el vientre que a juicio de tres cirujanos exigía una intervención quirúrgica. Ella se resistió a ser operada y prefirió acudir al Señor de los Milagros. Su fe la salvó, pues a los pocos días no le quedó rastro de su mal.

Hugo Alcázar Cabrera, dice que nació torcido y por esta razón a sus padres no les quedó otra que encomendarlo al Señor de los Milagros. “Nací quebrado -cuenta don Hugo-, así le decían en ese tiempo a la enfermedad de nacer torcido. Yo me imagino que en realidad debo haber sufrido algo así como una hernia y por eso mis padres se vieron obligados a entregarme al Señor de los Milagros”

Cuando cumplió la mayoría de edad, la primera decisión que tomó fue la de ingresar a la Hermandad del Señor de los Milagros de las Nazarenas. Ese era un sueño y también su meta, porque desde pequeño creció con la idea de que el Señor de los Milagros lo había salvado de la mismísima muerte. Y fue así que llegó a la Hermandad. “Fue como una señal. Yo tenía toda la salud de un muchacho de veinte años y eso se lo debía al Señor. ¿Cómo rechazar un llamado como ese?”

Hugo se casó y tuvo su primer hijo, que no nació torcido pero sí con una enfermedad en las vías respiratorias que terminó en asma. Diez años vivió comprando medicamentos y cuidando al pequeño hasta que un día decidió que el mejor de los remedios era el Cristo Morado. La historia se repitió y don Hugo y su esposa encomendaron al pequeño al Señor de los Milagros, pidiendo el milagro de salvar al niño de las garras de la enfermedad. “El milagro tardó siete días en llegar y mi hijo se libró de esa mala enfermedad”. Desde entonces la fe en Hugo Alcázar se ha hecho más fuerte aún y es por eso que ahora, aunque el cansancio y la vejez le estén pisando los talones, le quedan fuerzas para seguir cargando el anda del Señor de los Milagros. “Voy a trabajar en la Hermandad hasta que Dios me lo permita. El Señor me ha hecho muchos milagros y yo le tengo una deuda muy grande. Desde el primer día que ingresé a la Hermandad he cargado al Señor y eso lo seguiré haciendo hasta que me dure la vida. Esa fue mi juramentación ante Dios y esa es la promesa que cumpliré hasta mi muerte”.

Estos son algunos de los milagros que han podido comprobarse, pero hay muchos más que quedan ocultos y no se hacen público, aparte de las gracias materiales que ha dado a muchos. Todos cuantos han mirado de cerca esa incesante afluencia de gente a su santuario en el mes de octubre, han escuchado las confesiones de los fieles; son testigos de muchos favores que el Señor de los Milagros hace en sus vidas.

Testimonios de Transformación y cambio

Testimonios de Transformación
Alejandro Celis, editor

Editorial Universidad Bolivariana, Santiago, 2006.

Cristián Cortés Silva*


Tenemos aquí, un libro sobre Psicología Humanista y Transpersonal. Un libro que indaga e ilumina esta orientación psicológica en Chile. Su historia, sus protagonistas, sus historias, sus planteamientos y testimonios.

Se trata de un libro. Hay todo un mundo escrito y descrito. Sin embargo, no es un libro para leer. Y esa es la paradoja de todo lo que está escrito en él. Es un libro para escuchar, para contemplar. Una larga y profunda conversación. Una experiencia acerca de las experiencias de seres humanos y humanistas que nos cuentan su quehacer, su búsqueda y sus hallazgos. La posibilidad de revivir encuentros cercanos y generosos. La posibilidad de reencontrarnos con una historia ten cercana como desconocida, relatada por sus protagonistas. En un lenguaje tan cercano como profundo. Una historia construida a través del encuentro periódico durante años, en que psicólogos, psicólogas. médicos, abogados, ecologistas, maestros(as),etc. compartieron sus vivencias y conocimientos.

Lo primero que me gustaría destacar, es que no se trata de un libro académico en su sentido más formal. No se desarrollan teorías, no hay referencias bibliográficas. Sin embargo no es un libro coloquial. Hay rigurosidad y profundidad. Son palabras escogidas con esmero. Se va construyendo en el diálogo una red de experiencias y conocimiento riquísimo. Cada testimonio revela un conocimiento experiencial y experienciado, hondo y vasto.

Por otra parte, es un libro que va desentrañando la historia de la psicología humanista desde sus protagonistas. La mayoría de ellos están trabajando y creando en la actualidad. Una historia muy reciente, que no olvida a sus maestros originarios en Chile y el extranjero. Esta historia experienciada se va construyendo tanto en las “mesas redondas” como en las entrevistas. La selección que se hizo de ellas permite encontrarse con lo esencial e imprescindible.

Así también, se hace una reconstrucción histórica en la cual destaca en particular el capítulo escrito por Alejandro Celis. Es un ejemplo de memoria exhaustiva y de ordenamiento de datos y conocimientos dispersos en el tiempo y el espacio. Aparecen en ese capítulo tantos nombres de personas cuyos rostros nos son familiares, y cuyo legado se va haciendo coherente y ordenado en el tiempo. Resulta tan necesario poder visualizar el entramado de la Psicología Humanista chilena desde una perspectiva más amplia que sus aportes individuales. Podemos declarar sin dudas, que el todo es más que la suma de las partes.

Cabe destacar, además, que en estos Testimonios no sólo hablan los psicólogos y psicólogas. Tal como es el espíritu del humanismo, podemos encontrar la palabra iluminadora de personas que cultivan y destacan en otras disciplinas. Eso, sin duda enriquece y facilita el diálogo transdisciplinario. Que buen ejemplo de esto, es el aporte de Claudio Naranjo en su capítulo acerca de sus fuentes.

En definitiva, todo el libro es ante todo un testimonio y reafirmación sobre aquello que Carl Rogers destacara tanto: actitudes y valores. Y las actitudes no sólo son aquellas que los psicólogos y psicólogas “debieran” mostrar en sus prácticas. Las actitudes se muestran y viven en cada diálogo, entrevista o testimonio que aparece en el libro. El respeto a la diversidad, la aceptación del(la) otros(a) en su integridad como ser humano es una práctica que se plasma en la forma de dialogar o de expresarse. Aparece en cada testimonio del quehacer de cada uno(a). Se encarna en la vida misma todo aquello que se ha leído tanto en las Escuelas de Psicología del país. Los valores encarnados del humanismo en las prácticas y testimonios de los(as) humanistas, aparecen como el mejor legado para aquellos que se adentren en esta orientación psicológica, tanto a través de este libro como a través de los próximos Encuentros en torno a la Psicología Humanista.